martes 24 de julio de 2007
viernes 20 de julio de 2007
jueves 19 de julio de 2007
Carrusel
07:00. El tren va en silencio.
Ayer a las 15:40 el tren paró en una estación en la que el sol caía con furia sobre el anden. Iba durmiendo, el frenazo en seco y el desnivel de la estación me obligaron a abrir los ojos.
Parpadeé, mi mirada tropezó con una farola encendida en el andén. En plena tarde de verano, una pequeña luz insignificante, opaca y artificial competía con la luz blanca del sol.
¿Qué si tiene algún sentido? No, ninguno. Pero me hizo PARAR.
...
Miro a mi alrededor, todos montados en un tiovivo al que un maquinista loco saboteó el freno de mano.
Algunos no parecen darse cuenta, van montados sobre sus muñecos de brillantes colores, gritan y hacen muecas a los espejos. Parece bastarles.
Otros sí. Otros saben que no hay conductor detrás de los mandos. Susurran entre ellos, se miran de soslayo. No les parece estar en un tiovivo, sino en un manicomio.
Y luego estoy yo.
Decido bajarme del carrusel. Salir de un círculo en movimiento es peligroso. Si intento agarrarme a los otros caeré.
Así que decido quedarme quieta. Cierro los ojos. Inmovilizo cuerpo y mente. Mientras, el carrusel gira, gira, gira...
Transcurre un tiempo, no se cuanto, pero para cuando abro los ojos vislumbro en mi mente un camino para salir. Sorteo, cual funambulista, al resto de perdidos que siguen aferrados a sus cabalgaduras de cartón piedra.
Llego al borde del círculo, saltó, ni un solo traspiés. Me he liberado. Estoy fuera.
Me giro para mirar el tiovivo. La música estridente sigue sonando, pero escucho el silencio de aquellos que de pie me miran porque no han encontrado su senda para saltar.
Nada puedo hacer esta vez.
Camino de espaldas para mantener todo el tiempo posible mi mirada sobre esos rostros pálidos a causa del vértigo, del miedo y el cansancio.
Sola. He conseguido PARAR. Me he apeado de ese absurdo viaje.
Existen rutas que mis pies han vuelto a recordar.
Silencio.
La cacofonía del tiovivo ha cesado. Me giro para mirar una vez más, sus bocas se mueven, pero no oigo nada.
P.D Y todo esto gracias a una farola encendida en un andén a las 15:45 de una tarde de verano. ¡Bendito calor!
miércoles 18 de julio de 2007
Canonicemos a las putas
La verdad no peca, ¡Pero cómo incomoda!!
Santoral del sábado: Bety, Lola, Margot, vírgenes perpetuas, reconstruidas, mártires provisorias llenas de gracia, manantiales de generosidad.
Das el placer, oh puta redentora del mundo, y nada pides a cambio sino unas monedas miserables. No exiges ser amada, respetada, atendida, ni imitas a las esposas con los lloriqueos, las reconvenciones y los celos. No obligas a nadie a la despedida ni a la reconciliación; no chupas la sangre ni el tiempo; eres limpia de culpa; recibes en tu seno a los pecadores, escuchas las palabras y los sueños, sonríes y besas. Eres paciente, experta, atribulada, sabia, sin rencor.
No engañas a nadie, eres honesta, íntegra, perfecta; anticipas tu precio, te enseñas; no discriminas a los viejos, a los criminales, a los tontos, a los de otro color; soportas las agresiones del orgullo, las asechanzas de los enfermos; alivias a los impotentes, estimulas a los tímidos, complaces a los hartos, encuentras la fórmula de los desencantados. Eres la confidente del borracho, el refugio del perseguido, el lecho del que no tiene reposo.
Has educado tu boca y tus manos, tus músculos y tu piel, tus vísceras y tu alma. Sabes vestir y desvestirte, acostarte, moverte. Eres precisa en el ritmo, exacta en el gemido, dócil a las maneras del amor.
Eres la libertad y el equilibrio; no sujetas ni detienes a nadie; no sometes a los recuerdos ni a la espera. Eres pura presencia, fluidez, perpetuidad.
En el lugar en que oficias a la verdad y a la belleza de la vida, ya sea el burdel elegante, la casa discreta o el camastro de la pobreza, eres lo mismo que una lámpara y un vaso de agua y un pan.
Oh puta amiga, amante, amada, recodo de este día de siempre, te reconozco, te canonizo a un lado de los hipócritas y los perversos, te doy todo mi dinero, te corono con hojas de yerba y me dispongo a aprender de tí todo el tiempo.
martes 17 de julio de 2007
Homo Adulator
Supongamos que alguien nos alaba. Supongamos que todas sus palabras son amables. Supongamos que no hay la menor crítica ni vacilación sobre nuestros actos o nuestra persona.
¿Confiaríamos en alguien así?
Existen individuos que sólo saben adular cuando tratan con otros. Obviamente, la adulación conlleva variados y jugosos beneficios. El entorno laboral, exempli gratia, es abono para estas actitudes.
Hay personas que piensan que decir lo que realmente sienten o piensan puede producir rechazo en los demás. Y, efectivamente, en algunos casos será así. No podemos gustarles a todos, pero lo que la mayoría olvidamos, es que tampoco podemos hacerlo por entero ni con aquellos que nos estiman de veras.
Intentar ganar el afecto de otros con halagos es enfermizo. Tanto para el que halaga como para el halagado.
Dejaré a un lado las disculpas emocionales como: baja autoestima, inseguridades afectivas, episodios de rechazo, aislamiento en la infancia, etc. Esos sentimientos no pueden ser la base de ninguna relación honesta.
Los sujetos que suelen elogiar por costumbre, tienen un perfil de inteligencia media, poca capacidad de abstracción y una carencia más que notable de creatividad, además de un deseo inconfesado de emular a aquellos que lisonjean. ¿Qué pueden hacer para estar a su altura? Halagarles.
¿Quién es capaz de considerar "simplón" o poco inteligente, a aquel que nos dice que somos increíbles?
Nadie. Bueno, casi nadie. La vanidad nos pierde.
Ese tipo de adulador recurrirá a frases hechas, palabras dichas por otros, a pretendidos sentidos oscuros y trascendentes que sólo unos pocos elegidos --los agasajados-- podrán comprender.
Repetirá la misma pauta banal de forma incansable. Porque ¿cuántos de nosotros nos atreveríamos a descalificar a un individuo que no cesa de ensalzarnos?
Pero, ¿qué ocurriría si el sujeto del que hablamos quedase al descubierto? ¿Cómo reaccionaría?
Sencillo. Si un lisonjero es menospreciado, menospreciará a su vez. De la misma forma que en un principio no cesaban las alabanzas a las abundantes cualidades de su interlocutor, ahora, hará todo lo que esté en su mano para minimizar la valía del contrario.
Su anterior admiración la asimila como un error de apreciación suyo --errar es de humanos, faltaría más--. Con ese ardid consigue que cualquier crítica a su persona, carezca de valor.
¡Voilá! El individuo convierte así su derrota en victoria. La argumentación es irrebatible.
Mientras tanto, el "homo adulator" va buscando otro grupo victimario que le considere fascinante, porque él les considera fascinantes a ellos.
¿Patología? Puede, ninguno estamos libre de ella.
Resumiendo --que es gerundio--. Prefiero que me escribáis en vuestros comentarios algo así como: ¡Bendito nombre, Elbereth, que tostón de texto!, ¡no entiendo nada de lo que has escrito! o ¡yo lo habría escrito de otra forma! Bla, bla, bla.
Lo que sea que penséis antes que un halago inmerecido. ¡Eso sí, con cariño y respeto! Las malas formas no contienen nada bueno.
Cuando el reconocimiento es justo, las alabanzas son innecesarias.
¡Paja mental dónde las halla! Acabo de ahorrarme un mes de psicoanalista, ¡fijo! Lo dicho: Zona Nirvana.
lunes 16 de julio de 2007
Sizigia
La brisa es caliente, espesa, pegajosa. A intervalos suaves mece las cortinas blancas. Ella está de pie en medio del salón, apenas una sombra entre los oscuros muebles de madera. El pulso de su corazón retumbando contra su pecho. La puerta de la entrada chirría, el suelo cruje con cada paso.
Se miran, frente a frente. Se aproximan, muy despacio, hasta quedar bajo las amplias aspas del ventilador.
Elbereth le alarga un vaso de whisky. Ella tiene otro en su mano. La bolsa de viaje cae al suelo.
--Elbereth…
--Abuelo…
Y el sonido limpio de dos carcajadas levanta de golpe el polvo de la cómoda.
--¿Me has echado de menos, abuelo?
--No mucho, no vayas a creer. Lo justo hija, lo justo.
--Caray, pues yo sí que te he echado de menos. Eres un viejo duro de pelar. En fin… siéntate. ¿Te ha contado Leto que ellas están en la casa?
--Sí, y que fue idea tuya el invitarlas. Absurda dónde las halla, por cierto. Y no es por criticar, que conste.
--¿Criticarme tú? No, no, por supuesto que no. ¿Cómo se me iba a pasar por la cabeza tal cosa? A estas alturas tendrías que saber que no huyo ni me escondo. Sólo aguardo.
--Sí, lo sé, te sientas ante tu puerta para ver el cadáver de tú enemigo pasar. Miedo me das, cada vez que te echas para atrás es sólo para coger carrerilla.
--Sí, aunque sea para caer encima de mi wakizashi. No tengo intención de evitar mi seppuku.
--¿Cómo está la “loba”, Elbereth?
-- ¡Bendito nombre, abuelo, qué lenguaje más soez! ¿Te refieres a Gaius Mohiam?--. Elbereth sonrió. Difícil de decir. A pesar de todo su control, se la ve cansada. Ella es la que soporta la peor parte. Ni tan siquiera recibe el reconocimiento de nosotras dos.
--Bueno, es que tú eres un poco perra, porque la mujer se ha esforzado lo suyo, eso tengo que reconocérselo. Y la otra, la curiosa, bueno la otra es medio tonta, ¿no?
--¡Joder abuelo, te recordaba menos cáustico! La distancia es el olvido, no hay duda. Y sí, Gaius nos ha salvado el pellejo numerosas veces. Tiró del carro cuando despertamos casi amnésicas en aquel hospital, cuando montamos en el avión de vuelta a casa con la autoestima desgajada, cuando la familia nos dio la espalda. No he sido justa, abuelo. Yo no hubiera llegado hasta aquí sin ella.
--Lo sé. Pero es inaguantable. A cada uno lo suyo. Por saludable que sea la avena no hay quien la trague, ¿no te parece?
--En fin, comparar a una persona con un cereal, no sé, muy profundo no es. Prosaico, más bien. ¿Estás teniendo de nuevo problemas intestinales, abuelo?
--¿Lo dices por el símil con la avena?
--Sí, eso es….uhm. Dejémoslo estar, será lo mejor. Necesito que nos centremos. Gaius no puede aguantar mucho más. Por eso nos condujo hasta la mujer curiosa. Necesitamos Sizigia.
Allí sentados, bajo de las aspas del ventilador, Elbereth no puede afirmar si está despierta o soñando. Su cabeza dando vueltas más aprisa que el ventilador.
--¿Recuerdas cuando os fragmentasteis, pequeña?
--No. Dudo de que existiera un momento exacto. Al principio no era consciente. Se producía una situación que no podía manejar y me apartaba mentalmente, dejándole el camino libre a una u otra.
--¿Cómo si te pusieras una careta, como si actuaras?
-- Quizá a ojos de los demás, pero era mucho más sutil. Yo no decía: ¡adelante, ahora te toca a ti, Gaius! No, lo terrible es que la suplantación se producía sin mi consentimiento pero con mi beneplácito. ¿Me entiendes?
--Había una situación que te superaba, y una parte de ti tomaba las riendas hasta que la situación se solucionaba, ¿es así?
--Sí. Después aparecieron los desencuentros…
Se oyen unos tacones firmes sobre el suelo de parqué. Gaius Mohiam camina hacia ellos con un whisky en la mano.
--Vais a tener que disculparme, pero como nadie me lo ha ofrecido, me he servido yo misma.
Elbereth le sonríe y, con un leve ademán, la invita a sentarse con ellos. El abuelo la mira, despacio. A primera vista no se parecen en nada, pero si uno se fija bien, son como dos gotas de agua.
--¡Querida cuánto tiempo sin verte, estás espléndida!
Gaius mira al viejo con una ceja levantada, después gira su cabeza hacia Elbereth en un gesto que demuestra que no va a permitir sarcasmos por parte de nadie.
--Estás hablando conmigo anciano. No me hace falta escuchar detrás de las puertas para saber que algo desagradable de mí has dicho. ¡Te conozco! Y muy a mi pesar, créeme.
--Calma, paz entre las bestias de mala voluntad.
Ahora son Gaius y el abuelo quienes se giran a la vez y miran a Elbereth. Esta encoge los hombros.
--Soy muy pobre, nada me ofende. Es lo que tiene la miseria espiritual, no te pueden quitar lo que no tienes. Adelante, Gaius, explícale al abuelo que nos pasó.
--El problema, viejo, vino cuando Elbereth se debilitó tanto que tuvo que dejarme al mando más tiempo del preciso.
--Sí, abuelo, fue culpa mía. Era incapaz de enfrentarme a esa selva de plantas carnívoras. Dejé que Gaius Mohiam lo hiciera por mí.
--Y te fuiste olvidando de quién eras--. Gaius mira a Elbereth, y entre ellas se cruza una sonrisa de aceptación ante el mal ya hecho.
--Y tanto me olvidé que tuvo que aparecer Tel Moriah para tender un puente entre nosotras.
Gaius asiente y bebe un trago largo. Su mirada se cruza con la del abuelo, no hay enojo, sólo una frágil tregua.
--¡Pobre Moriah! Ella Hesed, Gaius Guevurá, y yo Daat. No puede haber más aplazamientos para
--Tenemos que hablar con Tel Moriah. No sé si comprende lo que está ocurriendo.
--¡Hombre un poco corta sí que es! No es por menospreciarla, niñas. Sé que su corazón es limpio.
--Muy bien abuelo, bravo, ahí has estado de lo más acertado. Moriah hace rato que lleva escuchándonos sentada en la escalera, ¿verdad, pequeña?
Moriah ladea la cabeza, tiene las manos debajo de la barbilla, apoyados los codos en las rodillas. Ha escuchado toda la conversación.
--Sí, llevo un rato aquí. ¿Usted es siempre así, o está haciendo algún esfuerzo en mi honor? Porque si es por mí, en serio, puede mostrarse como siempre.
Gaius y Elbereth ríen a la vez. Elbereth tiene que sujetarse las tripas del dolor. Curioso que tanta risa duela.
--Está bien eso de ser tres contra uno, para variar. ¡Me gusta, abuelo!
--¡Necias! ¿Qué haríais sin mi réplica?
--En eso tiene razón el viejo, Elbereth.
Moriah las mira muy seria, no ha participado de sus risas. Tan sólo ha dejado que un esbozo de sonrisa asome a sus labios. Decide hablar.
--Nunca os he comprendido. Tú, Gaius, rebosas poder, dominio, vitalidad, pero también ira y rencor. ¿Y que me dices de ti Elbereth? Posees clarividencia, inteligencia e inspiración, pero eres incapaz de separarte de la decepción y la apatía.
--Somos dos cobardes.
--Sí, lo sois, no cabe duda. Y a mí me toca “sentir” por las dos. La humanidad que ninguna os permitís me obligáis a sentirla. Compasión, fe, confianza, amor, ilusión, esperanza. Todo aquello que puede heriros me lo atribuís. ¿Y ahora pensáis que porque una esté agotada y la otra tenga problemas de conciencia, yo tengo que someterme a la alineación?
--Se os ha rebelado la “curiosa”. ¡Já! ¡Líbreme Dios de las aguas serenas que ya me libraré yo de las turbias!
--¡Cállate, abuelo!--. Exclaman Gaius y Elbereth a la vez.
--Dejadle, lleva razón. Como siempre, imagino.
Moriah se levanta, agotada, como si hubiera recorrido millas para llegar hasta allí. Sale al porche. Elbereth hace ademán de seguirla, pero el abuelo se lo impide.
--Es cosa mía. Para eso me has traído, ¿no?
La tarde estival se ha convertido de súbito en noche cerrada. Moriah se ha sentado en los escalones del porche. Tiene un escalofrío, se sujeta los brazos con sus pequeñas manos. No está segura de dónde está. Quizá tumbada en su cama, soñando.
El abuelo sale y se sienta en la mecedora. Enciende su pipa. Por unos minutos, ninguno habla.
--¿Puedo llamarte abuelo, como ellas?
--Pensé que no había dudas sobre eso, pequeña.
Moriah se encoge de hombros y suspira.
--¿Sabes qué es lo peor, abuelo? Lo estúpida que siempre me he sentido. Y todo por confiar en las personas. Decepción tras decepción, de nada han servido, parece que hubiera nacido incapaz de aprender. Soy como un perro, da igual cuánto le azoten con el palo, siempre vuelve moviendo el rabo. No me gusta el papel que me asignaron.
--Pues a mi me gustas mucho más que esa estirada de Gaius Mohiam. ¡Al menos no parece que te hayan metido un palo por el culo!
Ahora sí, Tel Moriah se permite una risa limpia y sonora.
--Tienen su orgullo. Yo me he pasado todos estos años dando aquello que ni tan siquiera tengo. ¿Entiendes? ¡Aquello que ni tan siquiera tengo! Y yo, Hesed, he empezado a sentir la abrumadora severidad de Guevurá; la afilada frialdad de Daat. Yo he empezado a maldecir por ser honesta, por hacer las cosas bien, por ser tiernamente generosa. ¿No es una locura?
--Moriah, este mundo es feo, jodida y podridamente feo. Y tú no eres así. Sin duda. ¿De verdad crees que tienes algo que envidiarlas?
--Tengo miedo de convertirme en una egoísta, mezquina, hipócrita, deshonesta, sucia.
--Niña, tú eres una pánfila. No te lo tomes a mal, me gustas, pero eres un rato cándida. ¿No te das cuenta que de ser así, no tendrías ese miedo?
--Puede, no sé. Me paso la vida dudando. Elbereth y Gaius no paran de decir que lo que tengo que hacer es alejarme de las personas. Que sólo me acerque cuando ellas hayan dado el visto bueno.
El abuelo suspira, es como estar con una niña pequeña.
--Bueno, esas dos perras sabe lo que se hacen, no es un mal consejo.
--Sí, son asquerosamente perfectas.
--No, hija, son asquerosas, y son mis nietas, como tú y las quiero. La perfección no las roza ni de lejos. ¡Y además no necesitan serlo! Escúchame, Moriah, tenéis que alinearos. Sizigia.
Elbereth y Gaius salen al porche. Elbereth se queda apoyada en el quicio de la puerta, mientras Gaius se recuesta en la barandilla.
--Es plenilunio, Moriah. Es el momento. Seamos una.
--No me fío. ¿Qué pasara conmigo, abuelo?
--¡La desconfianza la habéis sacado de mi, seguro! Moriah, sois ramas del Árbol de
Gaius cruza una mirada imperceptible con Elbereth, y es la primera que echa a andar. Moriah duda, no quiere seguirla.
--¿Tanto tienes que perder si vienes con nosotras? Además, es lo que tiene la vida: antes o después te termina matando.
Moriah hace un mohín con la boca.
--No creas que me has convencido. Lo hago por el viejo cascarrabias.
--Buena elección, el abuelo nunca nos falla. Ahora os sigo.
El abuelo y Elbereth se quedan solos.
--¿El abuelo nunca nos falla? Podrías vender hielo a los esquimales, hija. ¡Suerte que esta pobre es una ingenua! Bien, parece que lo has conseguido.
--Sí, otra vez. ¿Cuántas conjunciones llevamos ya, abuelo? ¡He perdido la cuenta, bendito nombre! Y lo más sorprendente es que ninguna de ellas parece recordarnos.
--Pues no, y yo lo agradezco, hija, porque mi repertorio de bromitas está ya muy trillado.
El abuelo y Elbereth se echan a reír, chocan sus vasos y beben a la par.
--Nos vemos en casa, viejo.
--Así sea, Elbereth.





