Hablar por hablar...
--Abuelo...
--¿Sí?
--Esta mañana, al asomarme a la ventana, descubrí que la línea del horizonte había desaparecido.
--¿Nada más levantarte? Quiero decir, ¿no habías tomado nada?
Negué con la cabeza.
--Limpia.
--¡Increíble! ¿Y qué pensaste?
--¿Qué es increíble?¿Qué todavía no hubiera bebido o lo de la línea del horizonte?
--No seas quisquillosa, niña.
--En fin, ignoraré tu perfidia. Al principio sentí alivio. Apabullante, estremecedor.
--¿Y, después?
--Después me fui a buscar mis gafas. Ya sabes, por si tenía algo que ver con mi miopía y astigmatismo.
El abuelo no paraba de reír, con esas carcajadas secas y silenciosas. Sólo él podía reír así.
--Pero no, abuelo, seguía sin ver la línea del horizonte. Bien es verdad, que las gafas estaban un poco sucias.
--Nunca he entendido porque se ensucian tanto los cristales. ¿Y tú?
--Yo tampoco. Llevo todo tipo de toallitas y sprays en el bolso para limpiarlas.
--Yo no llevo bolso.
--Ajá. Abuelo, creo que nos estamos desviando del tema principal.
--¿La línea del horizonte desaparecida?
Asentí. Imperturbable.
--¿Es correcta mi impresión de que no me estás prestando atención?
--Uhm. Puede, puede. Elbereth, pequeña, ¿tienes algo interesante que contarle a tu abuelo?
--Déjame que piense. No. Creo que no.
--Y en ese caso, ¿por qué no pruebas a estar calladita un rato?
Le miré muy digna. Y callé. Al cabo de un rato, volví a mirarle y hablé.
--¡Abuelo, joder, que la línea del horizonte había desaparecido!
--¿Y ha cambiado en algo tu vida por eso?
Bajé la mirada y pensé.
--No.
--Bien, muy bien. Si, por el contrario, al cruzar la calle un coche te atropella y te deja sin piernas... ¿tú existencia cambiaría en algo?
--¿Es una pregunta trampa? ¡Porque no pienso contestar!
--Entonces, dime, ¿qué importa que la línea del horizonte desaparezca, que Dios baje a
Negué, toda desconsolada, con la cabeza.
--Abuelo, no eres nada metafísico. Un poco de mística, ¡por Tutatis!
--Prefiero comer jabalíes y beber whisky.
--Yo paso del jabalí, pero del whisky no.
--Lo presumía.
Nos quedamos un rato callados. La primavera traía color a las calles, las mujeres llevaban sobre sus ropas el arco iris.
--Abuelo, no puedo quitarme de la cabeza lo de la línea del horizonte... no sé, tiene que tener algún significado...
El viejo resopló con fuerza. Barrunté algún improperio.
--¡Cansina eres, niña!
--No creas. Shlomo es mucho peor.
--Ahí tengo que darte la razón. ¿Qué tal si criticamos un poco a la familia, pequeña?
--Paso. Me interesan más los temas “supernaturales”
--Dirás “sobrenaturales”...
--No, abuelo, “supernaturales”, si habláramos de la familia sería “sobrenatural”. Y también, terrorífico.
--¿Qué propones, niña?
--El tiempo de vida medio de la madre del topo.
Le llevó menos de un segundo comprender. Nos atragantamos con el whisky a causa de la risa.


